Ante el escenario agrícola actual, caracterizado por el deterioro del suelo y la escasez hídrica, marcado por el cambio climático, investigadoras de la Facultad de Ciencias Agronómicas de la U. de Chile, reconocen estos desafíos y buscan aportar con respuestas que permitan avanzar hacia sistemas productivos más resilientes, como la producción de amaranto y garbanzos.
Escrito por Maritza Tapia, prensa U. de Chile. Artículo original en este enlace
Chile es un país principalmente agrícola. Somos reconocidos mundialmente por nuestras exportaciones, siendo la ganadería y agricultora las principales actividades económicas de las regiones de la zona centro-sur del país. Sin embargo, con el paso de los años, por el calentamiento global y aspectos económicos varios productos han dejado de cultivarse. Este el caso de algunas leguminosas como el chícharo, que dejó de ser un cultivo tradicional hace ya un buen tiempo, y está pasando lo mismo con cultivos como el garbanzo.
Es esta realidad la que preocupa a las académicas de la Facultad de Ciencias Agronómicas de la U. de Chile, Cecilia Baginsky y Daniela Soto, quienes trabajan en una iniciativa que busca rescatar el cultivo de estos alimentos junto a aprovechar de mejor manera sus propiedades.
“Partimos trabajando en proyectos individuales en los que ambas queríamos rescatar estos cultivos olvidados. Principalmente trabajamos con el garbanzo, porque es un cultivo que todavía se consume mucho y cada vez se siembra menos. Hoy no hay ni 100 hectáreas de siembras a nivel nacional, cuando teníamos sobre las 23 mil hace 20 años atrás, y actualmente lo que comemos, en su mayoría, viene de Argentina”, advierte la profesora Cecilia Baginsky.
Es por esta razón, que explica decidieron recuperar la producción e incentivar nuevamente que los agricultores siembren. ¿Cómo? Dándole un valor agregado. “Ahí es donde nace la posibilidad de utilizar la proteína que es de muy buena calidad de este garbanzo por ejemplo para encapsular. Paralelo a esto estamos trabajando con amaranto”, agrega Baginsky.
“El amaranto tiene un perfil aminoácido muy completo y eso genera una proteína de excelente calidad para utilizarla para encapsular”, dice la académica Baginsky, quien es además miembro del Grupo Transdisciplinario de Obesidad de Poblaciones (GTOP) y Coordinadora de la Catedra de Agricultura Campesina y Alimentación de la Universidad de Chile.
Asimismo, Daniela Soto, académica de la Facultad de Ciencias Agronómicas de la Universidad de Chile, específicamente del Departamento de Agroindustria y Enología, “dice que la idea es poder utilizar proteínas desde el punto de vista de sus propiedades, y así proteger nutrientes que muchas veces son deficientes en la población. Esto lo queremos enfocar en el adulto mayor”.
¿Por qué cambiar de proteína animal a vegetal?
“Desde el punto de vista de la superficie que se necesita para poder cultivar, de la cantidad de agua que uno necesita es mejor. De hecho, hay muchas variedades que son muy eficientes en el uso del agua y que toleran la escasez hídrica, por ejemplo”, responde ante la pregunta Soto.
Y, añade que «desde el manejo agronómico tiene ventajas también porque hay menos emisiones de gases de efecto invernadero. Se requiere menos superficie y cultivos como el garbanzo pueden desarrollarse en condiciones de escasez hídrica».
Por su parte, la profesora Cecilia Baginsky, explica que gran parte de la superficie que está destinada a estos cultivos se ha ido dejando para otros cultivos “que son más rentables”. Así, plantea que “estas leguminosas han sido rezagadas a un suelo de mala calidad, con condiciones no aptas para que se establezcan de buena forma, por lo que estos cultivos han empezado a tener muy bajos rendimientos”.
Finalmente, esto hace que los agricultores no produzcan legumbres y se tengan que importar desde el extranjero, explican las investigadoras.
“Estos dos cultivos que estamos pensando trabajar (garbanzo y amaranto) son muy tolerantes al estrés hídrico. Los dos se potencian en zonas donde agricultores en estos momentos no tienen otras posibilidades de negocio, donde no tienen mucha agua y eso ayuda un poco a decir bueno, le vamos a dar un valor agregado a su campo, a su suelo que ya dejó de producir”, afirma Baginsky.
Y, cierra la profesora Daniela Soto, diciendo que una vez conseguidos los granos “la opción es extraer la proteína, buscar técnicas, tecnologías, que nos permitan tener proteínas de buena calidad, una concentración interesante, tener un aislado proteico, no un concentrado. Tener un 90% de proteína dentro de nuestro proceso y evaluarlo desde el punto de vista de sus propiedades funcionales”.
Lo que permitiría, dice la docente, “poder utilizarlo en formulaciones de alimento. En mi caso hemos visto que la proteína de garbanzo tiene buenas propiedades para formar espuma, buenas propiedades de emulsificación y esto abre otra opción de este valor agregado, de poder utilizarlo en formulaciones de alimento que hoy día también el mercado demanda”.











