Escrito por Daniella Paola Gac Jiménez, socióloga del Departamento de Gestión y Innovación Rural de la Universidad de Chile y Claus Köbrich Grüebler, médico veterinario del Departamento de Ciencia Animal y consejero Cátedra Campesina de la misma casa de estudios. Publicación original en Radio Uchile
El 28 de julio fue el Día de las Campesinas y los Campesinos y creemos que, más allá de conmemorar el día, es un buen momento para reflexionar sobre su importancia y aprovechemos la oportunidad para reconocer y valorar la contribución que realizan en nuestras comunidades y en el país. En un contexto atravesado por la crisis climática, la inseguridad alimentaria y las desigualdades territoriales, esta fecha nos invita a reflexionar sobre el rol estratégico del campesinado en la construcción de un país más justo, resiliente y sostenible.
La agricultura campesina es la que abastece, muchas veces con escaso reconocimiento y apoyo, los mercados locales y sostienen de esta forma los sistemas agroalimentarios. De sus manos provienen gran parte de los alimentos frescos y nutritivos que consumimos. Pero su aporte no se limita a la producción de alimentos: también gestionan conocimientos y parte importante de nuestro acervo cultural.
En este sentido, el trabajo campesino es fundamental para garantizar la seguridad alimentaria, la salud colectiva y la justicia alimentaria. Con su conocimiento tradicional y arraigo territorial, el campesinado asegura la diversidad y calidad de los alimentos, enfrentando desafíos como el cambio climático y la precarización laboral. Aunque el derecho a la alimentación es un concepto con una larga historia, ha cobrado fuerza en la última década, subrayando que el acceso a alimentos nutritivos y sostenibles es un derecho humano que requiere políticas concretas que fortalezcan el rol campesino.
La coincidencia hizo que tres semanas antes, la Comisión Asesora Presidencial de Expertos para la Actualización de la Medición de la Pobreza hiciera pública su propuesta de medición de la pobreza en Chile. Esta incorpora como criterio fundamental de medición el acceso a una canasta saludable de alimentos, entre ellos frutas, verduras, legumbres, huevos, cereales tradicionales, hierbas medicinales, todos productos de arraigo campesino. Este cambio representa una transformación profunda de como nuestra sociedad ve a quienes son pobres. Hasta hoy el concepto estaba anclado en la idea de que pobreza es carecer de ingresos para satisfacer el consumo de calorías. La propuesta deja en claro que el consumo a secas no es sinónimo bienestar; ahora importa también la calidad nutricional, la frescura y la diversidad de los alimentos disponibles.
Sin duda, la nueva medición de la pobreza en Chile, en particular el enfoque en la canasta saludable representa un gran avance para tener diagnósticos más precisos y situados. El énfasis en la calidad nutricional de los alimentos, y no solo en la cantidad calórica, permite visibilizar dimensiones que tradicionalmente han sido ignoradas en las políticas sociales. Pero, ello también abre una oportunidad decisiva para repensar las políticas públicas desde una perspectiva más integral y con pertinencia territorial. Plantea el desafío de diseñar políticas públicas que promuevan una agricultura sensible a la nutrición, integrando producción agrícola, salud humana y calidad de vida. Es importante avanzar integrando de manera efectiva la nutrición, el desarrollo rural y la justicia social. De manera de fortalecer el papel del campesinado y profundizar la articulación entre estas dimensiones.
Estos aportes adquieren aún más relevancia cuando se piensa en la interfaz rural-urbano: no hay acceso real a una canasta saludable en las ciudades sin el trabajo constante y comprometido del campesinado. Ferias libres, mercados de productores, sistemas de reparto directo y redes de comercio justo son ejemplos de cómo las y los campesinos sostienen diariamente la soberanía alimentaria, incluso en condiciones adversas.
El convenio de Junaeb con Indap, entorno al Programa de Abastecimiento Escolar, que incorpora alimentos locales, es un esfuerzo en esta línea. Su propósito es apoyar la producción campesina para abastecer comedores escolares. Aunque los diagnósticos realizados apuntan a que su implementación ha enfrentado desafíos en recursos y coordinación, representan una oportunidad para fortalecer y ampliar estas políticas, especialmente considerando que el concepto de canasta saludable instala la necesidad de avanzar en temas de calidad nutricional y acceso a alimentos frescos y variados.
Pero lograrlo no es fácil. Frente al cambio climático, la presión del modelo agroindustrial y el abandono de muchas políticas públicas, el campesinado ha resistido con creatividad y compromiso, desarrollando prácticas de producción sostenible, fortaleciendo redes solidarias de comercialización y cuidando los bienes comunes como el agua y el suelo. Estas estrategias no son respuestas improvisadas, sino verdaderas propuestas de futuro.
Allí donde muchas veces los recursos no han llegado con la intensidad o pertinencia deseada, las comunidades campesinas han sostenido no solo sus economías, sino también sus vínculos sociales, sus territorios y su dignidad. Su protagonismo es irremplazable. Sin campesinas ni campesinos no hay canasta saludable posible, ni soberanía alimentaria, ni desarrollo sostenible con rostro humano.







